viernes, 13 de febrero de 2009

Los Niños y la Guerra

El sol resplandeciente estaba en el punto más alto del cielo, ya casi era hora de almorzar. En palacio se había dado la orden de que se abrieran las puertas del castillo y posteriormente se bajara el puente, hecho esto un jinete con un pergamino atado a una de sus manos y sosteniendo un largo mástil que llevaba el estandarte del reino en la otra, salió cabalgando a toda prisa hacia el horizonte con un gesto de desesperación marcado en su rostro, los demás guardias sabían que este jinete no llevaría buenas noticias a donde llegase.
No muy lejos del castillo, quedaba una pequeña aldea que no tendría más de 100 habitantes, allí los hombres ya se alistaban para comer y descansar un poco, el trabajo en aquel entonces era algo duro, puesto que las únicas opciones de trabajo eran solo tres : herrero, leñador o sastre, y de esta última por lo general se ocupaban las mujeres, los niños más pequeños se la pasaban jugueteando por los empedrados caminos y los más grandesitos acompañaban a sus padres en sus labores, por último, los ancianos de aquella aldea se la pasaban todo el día en la plazoleta central a hablar de las cosas que dejaron de hacer en el pasado, estos han trabajado lo suficiente a lo largo de su vida y se merecen un buen descanso.
Solo Diez minutos tardó aquel jinete en llegar a su destino, una pequeña aldea. Los habitantes de la aldea pudieron divisar al jinete poco antes que llegara, por el estandarte que traía en una de sus manos se dieron cuenta que este venía del palacio y dedujeron que era un mensajero real.